
Tres carreras, tres resultados en los puntos y un presente que lo ubica quinto en el campeonato de constructores, nada menos que a la par de Red Bull Racing. Un cambio de cara total.
Sí, el motor Mercedes fue clave en este salto. Pero quedarse solo con eso sería mirar la mitad de la película.
Puertas adentro, el trabajo liderado por David Sánchez le dio forma a un auto que, sin ser revolucionario en concepto, tiene detalles que marcan la diferencia. Y en la F1 actual, ahí es donde se ganan las décimas.
Uno de los puntos más llamativos está en la aerodinámica activa del alerón trasero. Mientras la mayoría sigue un camino similar, Alpine fue por otro lado: en lugar de levantar el flap, lo baja. Un concepto distinto que reduce la resistencia en recta y mejora la eficiencia general del auto.
También hay detalles finos en la parte delantera, con el regreso de soluciones que buscan empujar el flujo de aire hacia afuera de las ruedas, algo que genera debate porque va en contra de la filosofía que intenta limpiar el aire para el auto que viene atrás.
Y como si fuera poco, en Japón apareció un nuevo “juguete”: un pequeño “monkey seat” en la zona trasera que aporta carga aerodinámica sin penalizar demasiado la velocidad final. Micro detalles… que hacen macro diferencias.
Todo esto, sumado a un auto bien trabajado en peso y equilibrio, explica por qué Pierre Gasly pudo defenderse durante vueltas de pilotos como Max Verstappen y mantenerse competitivo en distintos circuitos.
Alpine hoy combina dos cosas que no siempre van de la mano: simpleza en el concepto y creatividad en la ejecución.
Y cuando eso pasa… el resultado es un auto que empieza a molestar a los de arriba.
Todavía falta mucho campeonato. Pero si siguen en esta línea, los franceses pueden meterse en una pelea que hace unos meses parecía imposible.
En la F1, a veces no gana el que más inventa… sino el que mejor interpreta. Y Alpine, por ahora, la está leyendo bien.






